Tema recurrente para autor novel
El honor del samurái
Takashi
MATSUOKA
Trad. Fernando Mateo
Ediciones B, Barcelona, 2003
444 pp.
En Revista
Española del Pacífico, N. 17, Año 16, 2º Semestre 2004, p. 191.
Los últimos samuráis
desaparecieron hace un siglo y las geishas casi, aunque siguen trabajando algunas.
Pero los personajes siguen candentes, al menos literariamente hablando, quizás
porque el mundo antiguo nipón se ha convertido en una plataforma magistral para
dar alas a una ficción que, como dijera Paul Theroux, nos da la
segunda oportunidad que la vida nos deniega.
El honor
del samurai, la primera novela de Takashi Matsuoka, situada a comienzos de la década de 1860,
reincide en ese mundo. Un señor feudal convertido en adalid de la modernización
a raíz de sus poderes de presciencia, que le permiten anticipar el final
del anquilosado régimen feudal, sufre
los ataques de numerosos enemigos, tanto los tradicionales de su clan y su
feudo como de los hostiles a la apertura del país, y sólo consigue salir airoso
gracias a la ayuda de una geisha enamorada, de la lealtad de algunos samuráis y
de unos misioneros protestantes, ellos mismos huyendo del Oeste Americano.
Trama de acción como es, Matsuoka ha estudiado el
contexto en profundidad, incluida una temporada viviendo en un templo Zen, y demuestra conocerlo bien. Así, transmite una imagen
de los japoneses que se sale de la perspectiva eurocéntrica
al uso: ni las vidas de los nipones giran alrededor de los occidentales, ni la
lucha es su única preocupación. Dedican su tiempo libre a la contemplación de
la naturaleza, muestran emociones intensas y tienen un concepto de la estética
dominado por lo efímero: “La belleza es tan fugaz que nunca permanece en el
mismo lugar por mucho tiempo.” Matsuoka se esfuerza también por centrar la acción global
como una disputa interna entre nipones, y la violencia en el Oeste Americano,
de hecho, resulta un contrapunto interesante a
Pero la búsqueda desaforada de
ventas empaña el valor de la obra, desatendiendo el desarrollo de los
personajes y centrando el esfuerzo en incluir tópicos. Al igual que la también
primeriza Suzzane Visser
con el Japón actual en su Sushi (2002), Matsuoka parece pensar que la mejor forma de aumentar
lectores es ofrecer la mayor cantidad de carnaza exótica posible, usando
remachadamente los suicidios rituales, el despotismo, los eta
o burakumin, los ninjas,
las artes marciales y los pérfidos sonnô jôi anti-occidentales. Es una
recurrencia interesante en ocasiones, sobre todo en las citas que abren cada
capítulo o en las preguntas ilógicas o koan del Zen, pero tal saturación lastra el relato. Ahora bien, es
obvio que abre las puertas de las editoriales, que parecen considerar al
público español especialmente inmaduro para desanclarse de esos tópicos y no
sólo se remite a Shogun de James Clavell (en
todo caso, esa comparación debería ser con Gaijin,
aunque tuvo menos ventas) sino que también han cambiado el título original. Al
igual que también ocurriera con Visser, “Bandada de Gorriones”
fue transmutado en “El honor del samurái,” que apenas
denota el contenido, pero incluye una palabra con anclaje seguro al mundo
exótico nipón. Alas a la imaginación, sí, pero siempre sobre seguro.
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