Filipinas, puerta de Oriente: De Legazpi a Malaspina
Dir. Alfredo J. Morales.
Catálogo de la exposición celebrada en el Museo San Telmo,
Donostia-San Sebastián,
22 de noviembre de 2004 – 19 de enero de 2004,
y en el Museo Nacional del Pueblo
Filipino,
Manila, Febrero-Abril de 2004.
Barcelona, 2003
333 págs. 54.50 €
En Revista
Española del Pacífico, N. 17, Año 16, 2º Semestre 2004, p. 189.
Josep María Fradera
ha calificado a Filipinas como “la colonia más peculiar” y, ciertamente, la
personalidad de su primer gobernador está fuera de lo normal. El guipuzcoano Miguel López de Legaspi tuvo un talante especialmente negociador en su
trato con los jefes locales, mostró cuidado por el respeto a las normas, a
pesar de la lejanía y gastó su fortuna en el envite, en lugar de ganarla.
Además, puso las bases que permitieron a España plantar sus reales en Filipinas
durante 333 años. Por ejemplo, la fundación de Manila, el mejor puerto natural
de Asia, con una excelente protección natural y acceso rápido a Japón, a China
y a los puertos del Sudeste Asiático.
Con motivo del quinto
centenario de su nacimiento en Zumárraga, La Sociedad Estatal
para la
Acción Cultural Exterior ha puesto en marcha una serie de
actividades, conferencias y encuentros, como la exposición “Filipinas, puerta
de Oriente. De Legaspi a Malaspina”
y el libro con el catálogo de las piezas expuestas, acompañado de artículos que
ayudan a situar los logros del que se nombró como Adelantado de Manila.
Una visión general centrada en los viajes, el contexto político, las
aportaciones religiosas, la arquitectura, el comercio o la erección de la
catedral, muy trabajados, con paridad entre
las perspectivas filipinistas y americanistas (pero sin
filipinos), ayudan a comprender el legado de quien hubo de aguardar cinco años
sin refuerzos, ni órdenes superiores ni apenas provisiones nuevas. Lo
consiguió, en buena parte, gracias a una pequeña figura de madera negra de
recuerdo dejado por la expedición de Magallanes y Elcano, durante su primera
circunnavegación al globo. Era el Santo Niño de Cebú que, después de cuatro
décadas, era idolatrada por toda la isla, más allá de las rivalidades tribales.
Legaspi utilizó la religión en un sentido semejante,
pero para todo el archipiélago.
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