De juergas y transgresiones

 

Amores de un vividor

Saikaku Ihara

Prólogo, traducción y notas de Fernando Rodríguez-Izquierdo

Alfaguara, Madrid, 2003. 407 pp.

 

En Revista Española del Pacífico, N. 17, Año 16, 2º Semestre 2004, pp. 189-190.

 

 

 

            Yonosuke era un putero redomado, hablando en plata. Al cumplir los sesenta años [190] “no existía un barrio de putas en todo el ancho mundo que él no hubiera visitado” y, no contento con ello, acaba su vida embarcado con unos amigos en busca de Nyogo, la isla mítica repleta de mujeres. Amores de un vividor relata sus peripecias y sensaciones por el mundo flotante (los barrios chinos, en español) que incluyen no sólo las descripciones de las mujeres y los hombres que yacen con él, sino también el ambiente, las complicidades, las reglas internas y la forma en que subsistía una vida y un negocio que estaba oficialmente prohibido.

 

         Saikaku Ihara (el apellido antes del nombre en los japoneses, al menos hasta la Renovación Meiji), así, escribió una novela que trascendía el erotismo para mostrar los gustos de una sociedad emergente al son del progreso económico en el Japón Tokugawa. La pacificación del país había permitido el auge del comercio, que conllevo el de los chônin o ciudadanos, residentes en algunas de las urbes mas populosas del planeta, porque Edo (Tokio) rondaba los  800.000 habitantes y Osaka y Kioto 300.000 cada una cuando París o Londres no pasaban del medio millón. Además, sin el poder político de la nobleza ni la función administrativa y militar de los samuráis, los chônin desarrollaron una cultura propia, más centrada en los placeres mundanos y en el dinero, con obras literarias que se deleitan en el contraste entre los negociantes perspicaces  y los samuráis torpes o entre los vivaces visitantes de los burdeles y los presuntos pazguatos que apenas visitan el “mundo flotante.”

 

         Picaresca y llena de realismo, Amores de un vividor se centra más en los escarceos amorosos que en el resultado tangible y muestra, por una parte, la sensibilidad profunda y, por otra, las numerosas reglas que imperaban incluso en esos mundos tan dados a operar al margen de la sociedad. Yonosuke describe, por ejemplo, la repulsa hacia una mujer de la que sobresalía un palillo mondadientes en el pañuelo guardado en su seno, pero también el rechazo a que las damas de compañía comieran con los clientes, especialmente las de clases más altas, y las dificultades que ellas debían pasar por ello. Pero el tema sexual, en la literatura japonesa, no es ni una excepción ni el resultado de un momento concreto. Porque el protagonista del Romance de Genji del siglo XI, por ejemplo, también cuenta por miles sus actos de amor y, mas cerca de nuestro tiempo, a principios del siglo XX, la poeta Yosano Akiko vendió millones de ejemplares de un libro de poemas con fuerte contenido erótico, Midaregami, o pelo enredado.

 

         El libro que acaba de aparecer es la merecida reimpresión de un excelente trabajo publicado por primera vez en 1983, contemporáneo de otra traducción directa del japonés por otro de nuestros principales niponólogos, Antonio Cabezas (Hiperión.) Poeta, profesor y ganador en 1996 del premio Noma en traducción al japonés, Rodríguez-Izquierdo trata de conservar al máximo los numerosos significados del texto y los dobles sentidos de los retruécanos del texto original, con numerosas citas, mientras que Cabezas lo recrea con términos antiguos y símiles salidos de la Piel de Toro, evitando esas citas al máximo. El primero es más mesurado en los términos y  el otro escribe con desparpajo.  Pero las dos traducciones siguen siendo válidas, precisamente por su diferencia; son simplemente dos del sinfín de versiones de esta obra, cumbre de la literatura japonesa.

 

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