Filipinas, en movimiento
Anochecer
Francisco SIONIL JOSÉ
Trad. Carlos Milla Soler
Maeva, Madrid, 2003
296 páginas, 18 Euros
El árbol de la esperanza
Francisco SIONIL JOSÉ
Trad. Carlos Milla Soler
Maeva, Madrid, 2003
195 páginas,
Mi hermano, mi enemigo
Francisco SIONIL JOSE
Maeva, Madrid, 2004
277 páginas, 18 Euros
Tabaco. El imperio de los marqueses de Comillas
Ramón Vilaró
Martínez Roca, Madrid, 2003
304 páginas
En Revista Española del Pacífico, N. 17,
Año 16, 2º Semestre 2004, pp. 193-195.
La Saga de Rosales es la historia de
Filipinas. Esta serie de cinco novelas expresa sus padecimientos, sus
esperanzas y su gente desde que, a fines del siglo XIX, ilocanos, ilongos,
pampangos, tagalos, cebuanos, pangasinenses o bicolanos empezaran a reparar en esos otros
pueblos que también estaban bajo la dominación española como aliados en una empresa más
vasta, la nación.
La
Saga comienza en Anochecer con el éxodo del clan Sansón desde Ilocos, la
tierra de tantos obligados a diseminarse fuera de su lugar de nacimiento.
Huyendo de la ley, los Sansón sufren penalidades de todo tipo, desde las que
reserva la naturaleza al atravesar selvas o vadear ríos, hasta el acoso de las
autoridades y de los indómitos, tanto los bandoleros, nativos de las tierras
altas como los remontados, llamados así por establecerse en zonas
recónditas para evitar pagar impuestos. Instalados en Rosales, en la provincia
de Pangasinan, a unos trescientos kilómetros, los
Sansón emprenden una nueva vida donde se reflejan los
desazones y las esperanzas de su país –y del autor, también ilocano
y nacido en Rosales. La Saga refleja, así, el esfuerzo de unos individuos por
poner en marcha un nuevo pueblo, pero también el de la diáspora ilocana y, cómo no, las dificultades de esa nación filipina
por encontrar un futuro mejor. Los protagonistas lo traslucen y sus vidas se
confunden con la de su propio país “Sólo se es joven una vez, pero uno quiere
hacerse mayor antes de tiempo”. La vida de un instruido acólito con
perspectivas de llegar al sacerdocio devenido en campesino por las injusticias
coloniales en Anochecer, y el hijo bastardo de
un cacique local, caracterizado en El Árbol de la Esperanza por su
candidez y pasados los años, en Mi
hermano, mi enemigo, convertido en poeta e intelectual que revive cuando se
indigna, agobiado por la diferencia social de sus dos padres y por la necesidad
de saber si se amaron, son los ejes a través de los cuales se desarrolla la
Saga.
La
multitud de claroscuros de la vida diaria o la búsqueda de modelos ejemplares
en medio de una sociedad repleta de trances problemáticos son una parte
esencial de la novela y del país. El exacólito se ve
involucrado primero la búsqueda por una existencia digna y acaba dando la vida
en la lucha filipina por la independencia, pero sin haber tenido nunca
pretensiones de héroe. El segundo, instalado en su adolescencia, nos relata el
mundo que le rodea, repleto de generosidad, pero también de injusticias. Su
primera experiencia amorosa, la del amor imposible de su padre enviudado, el
párroco rácano que ahorra lo imposible para levantar una iglesia o el esfuerzo
del administrador de su padre por restituir a los campesinos las tierras
despojadas ilegalmente. En el último libro, por las propias contradicciones a
las que conduce la vida misma. Luis Asperri, ansiando
la igualdad social pero heredero de una gran fortuna, enamorado de una rica
mujer y hermanastro de un comandante guerrillero que, al casarse, se ve incapaz
de invitar a su fami [194] lia
pobre. Son historias emotivas,
que en ocasiones llegan a ser desgarradoras, como el suicidio del
administrador, fracasado en su esfuerzo por restituir esas tierras pero incapaz
también, después, de convencer a los campesinos de haber hecho lo posible en su
favor y no les había estafado, como tantos anteriormente.
El
espíritu vital de los episodios desliza las ambiciones de Filipinas, pero
también sus aprehensiones, y a España le toca un papel desagradable. Sobretodo,
en Anochecer, pero también en las obras aún por publicar. Los personajes
más perversos, o son españoles, o hablan español. Los norteamericanos también
reciben un tratamiento poco favorable, culpables de masacrar a la población y
de violaciones y pillajes por doquier, pero es distinto: no aparecen personajes
que condensen ese rechazo que, además, no se trasmite al idioma.
Es
así, querámoslo o no. Estas imágenes son las dominantes en Filipinas, tal como
refleja un recientemente abierto “Museo de los Horrores” repleto de datos
erróneos y manipulaciones. Sionil José las refleja.
Educado bajo el trauma de la guerra del Pacífico, su nacionalismo tiene una
actitud ambivalente hacia Estados Unidos, a los que siempre agradecerá haberles
librado de la ocupación japonesa. Su generación salió poco predispuesta hacia
España. Se rememoró la amistad con Japón, siquiera fuera breve, y se repudió
todo lo relacionado. Su lengua, aunque antes había sido la de los educados y
los intelectuales, pasó a ser la de los oligarcas y los explotadores. Sionil José, así, ha escrito siempre en inglés y ahora, con
las lenguas vernáculas en auge, se le hace cuesta arriba escribir en ilocano, o en tagalo.
Sionil José entraría en la categoría de anti-español
y él mismo bromea sobre sus discusiones con Nick
Joaquín, otro de los más sobresalientes autores filipinos, muerto el pasado mes
de abril, quien veía en España el origen de las mejores esencias de Filipinas,
mientras que para el autor de
El eje
principal de Sionil José para entender España, de
hecho, no es tanto el pasado, sino el problema que más le preocupa: construir
las Filipinas. El autor reconoce el mérito de la Universidad de Santo Tomás de
Manila por abrir la enseñanza universitaria a los nativos, pero los misioneros
españoles aparecen entre los personajes más odiosos como reflejo, antes de
nada, de la imposibilidad de filipinizar su iglesia,
en donde los frailes españoles ocupaban los puestos que debían estar a cargo de
los propios nacionales. Es imposible desdeñar la importancia de la religión
católica al entender cómo han valorado la herencia española, porque los
filipinos la han apropiado y modelado desde el comienzo en función de sus
propias necesidades, adaptándola a las creencias en espíritus y las ofrendas,
tan comunes en el mundo mala[195]yo previo a la
llegada de los españoles. Un cementerio filipino durante un primero de
noviembre, el Día de los Muertos, muestra claramente ese sincretismo:
las familias visitan las tumbas con una idea de disfrutar junto a los
familiares perdidos, equipadas con flores, pero también con radio-cassettes, guitarras y tupperwares
con los que comer, cantar y pasar un rato agradable, aunque pueda
parecer extraño.
Tabaco es un interesante complemento.
Dedicada al Grupo Comillas, el principal conglomerado empresarial español
durante la Restauración, la novela recrea el papel crucial de Filipinas a fines
del siglo XIX para España, en los postreros esfuerzos por sacar beneficios de
las colonias, una vez que se perdieron las expectativas del futuro en Cuba. El
grupo dio origen de
Las
similitudes y la historia compartida contrastan con el desconocimiento de
Filipinas y de su literatura en España. Anti o proespañoles, escriban en tagalo, en inglés o en español,
de los escritores filipinos sólo se conoce a José Rizal. Es extraño,
especialmente si se tiene en cuenta la atención prestada al otro principal
candidato al Nóbel procedente del Sudeste de Asia, Pramoedya
Ananta Toer. Los dos
comparten edad, odio al colonizador (Holanda, en el caso de Ananta
Toer), posiciones ideológicas, censuras desde sus
propios gobiernos, intenso lirismo, un realismo mágico vital y reconocimiento
mundial: sus obras han sido traducidas, en los dos casos, a más de veinte
idiomas. Además, destacan por sus series de novelas, porque la Saga de Rosales
tiene su contraparte en El Cuarteto de Burú de
Ananta Toer que, por esas
ironías del destino, triunfan donde uno menos se lo espera. Porque si bien Mass, la cuarta novela de la Saga de Sionil José, fue un best-seller en Holanda, en España quien
ha triunfado ha sido el javanés. Quizás no es casualidad: se prefiere ver la
paja en el ojo ajeno.