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REP Nº 10, pp. 201-203.

TANAKA, Stephan: Japan´s Orient. Rendering Pasts into History. Berkeley, University of California Press, 1995, 305 pp.

Por Florentino Rodao

Desde que Edward Said publicó su libro Orientalism (1978), los estudios de académicos de países presuntamente más desarrollados sobre los que no se consideran así han sido interpretados a través del prisma de su teoría: al estudiare los países orientales, se les estudia primero como tales países orientales o inferiores y después como científicos. El poder colonial influyó y se retroalimentó de los argumentos provistos por la ciencia para justificar ese dominio sobre otros pueblos y la  situación continua de alguna forma en la actualidad. La palabra Oriente desde entonces ha adquirido un tinte peyorativo y la calificación de Orientalista ya no es aceptable entre los círculos académicos por denotar una visión subyacente de superior a inferior en la visión de los pueblos orientales, sin intentar adoptar una postura más igualitaria. Un buen número de trabajos han aparecido desde entonces siguiendo en la brecha, siendo el caso mas llamativo el de dos libros titulados Occidentalism, publicados casi simultáneamente por dos ramas de la misma editorial, en el Reino Unido y en Estados Unidos.

            Stephan Tanaka es otro de estos seguidores de la influencia de Said, que en su libro Japan’s Orient intenta desarrollar esa interpretación en un aspecto peculiar, el de los japoneses. Tras la renovación Meiji, Japón primero conquistó su independencia a base de buenas inversiones en armamento y en esfuerzo por aprender las técnicas occidentales, pero una vez conseguido este primer objetivo siguió el camino de Occidente esforzándose en construir un Imperio. Al igual que Occidente, Japón se esforzó por justificar ideológicamente sus ambiciones, primero se distanció de esos países que seguían aparentemente estancados y después pasó a buscar datos empíricos para reafirmar esa separación suya del Oriente. Al igual que los románticos en el siglo XIX buscaron sus orígenes en civilizaciones antiguas, en parte también como forma de separar el presente del pasado inmediato, Japón buscó orígenes que demostrasen lo que sus ambiciones hacia el exterior decían que tenían que demostrar.

            Tanaka analiza este esfuerzo académico-cultural con objetivos político a través de un historiador japonés relativamente poco conocido, Shiratori Kurakichi profesor de la Universidad Imperial de Tokio. Sus escritos sintetizan la contradicción de intentar sacar a Japón de ese Oriente usando los mismos métodos de conocimiento científico o epistemología de ese Occidente que le había situado en el Oriente. Su evolución marca también la de esas ambiciones políticas japonesas y de aquí viene la división del libro en dos partes principales del trabajo “Encontrando una equivalencia” y “creando la diferencia”. La primera parte del libro trata de esos esfuerzos  por equipararse con Occidente, cuya expresión más clara son los estudios destinados a explicar la historia de Japón dentro de las leyes históricas generales y a refutar la idea de que coreanos y japoneses tenían un mismo tronco genealógico. Como consecuencia de ello,  Kume Kumitake, por ejemplo, se esforzó por datar el comienzo de la Historia de Japón (señaló los años 69 a.C. y 42 d.C. para el reinado del Emperador Jimmu) e Inoue Tetsujirô buscó unas raíces malayo-polinésicas al pueblo japonés, lo que le sirvió para afirmar que la tesis de la similitud entre los japoneses y los mongoloides había sido creada por Occidente para sugerir la inferioridad de los japoneses. La segunda parte del libro parte de la creciente seguridad de Japón a raíz de la victoria frente a los rusos en la Guerra de 1904-05, tras la cual, el sentimiento general era que, ya que habían ganado sa decisiva guerra, los japoneses tenían derecho también a definir la historia.

Shiratori tuvo la característica principal en sus estudios de una preocupación por la metodología, basada en la influencia que los historiadores germanos tuvieron en su formación. Pero los objetivos fueron semejantes porque sus trabajos también estuvieron destinados a un fin nacional semejante: basó el origen del progreso de Japón en la presunta fuerza progresiva y estabilizadora del gobierno antiguo llamado matsurigoto, donde el emperador funcionaba como patriarca religioso y como gobernante. Participó también en la polémica sobre la localización del prehistórico reino de Yamatai, en cuyo trasfondo estaban no sólo la equiparación de Japón con el sistema imperial sino también la negación de las raíces genéticas de los japoneses con los coreanos, los chinos o los malayo-polinésicos. También Shiratori, como muchos intelectuales japoneses, buscó en el confucianismo proclamar no sólo la “orientalidad” de Japón (como oposición al egoísmo y a los problemas generados por el sistema occidental), sino para proclamar que habían sabido usar sus enseñanzas para crear una sociedad armoniosa, al contrario que su padre intelectual, Shina, el anciano país al que tenía el deber de ayudar como una obligación inherente a la piedad filial proclamada por este pensamiento.  A partir de la década de 1920, la Historia en Japon vivió la misma autocomplacencia que el resto de la sociedad. Shiratori se esforzó, así, en presentar cada vez más a Occidente como ejemplo de lo que no se debía ser, por una parte, pero también por cuantificar y buscar argumentos a la especificidad o la unicidad de Japón, autocalificándose como el país  con el carácter y la juventud suficientes como para sintetizar las culturas oriental y occidental y establecer una cultura mundial mas integrada.

            En esta búsqueda, el concepto principal utilizado por los japoneses es el que se podría asemejar a Oriente en japonés, Tôyô. Pero su vocabulario tenía la particularidad respecto a otras potencias imperialistas del momento de que también incluía la palabra seiyô para denominar a los países occidentales, entre las cuales Japón tampoco estaba incluido. No se consideraba ni de uno ni de otro campo. También resulta clave el concepto de Shina como ejemplo de lugar enfangado en el pasado y como el contraste más obvio con la nación moderna  que se consideraba Japón. Ninguna palabra está libre de connotación, como tampoco lo está la actual que representa China, Chûgoku [país del medio], proveniente de una idea china de centralidad  en el mundo que expresa más sus propios deseos que su posición real en el mundo.

El libro intenta reflejar, en definitiva, el proyecto de definir Asia a través de la biografía intelectual del historiador Shiratori, del discurso de Shina y del concepto de Tôyô. Expresión del esfuerzo por establecer a Japón como la autoridad en Asia, nos lleva a comprender la Guerra del Pacífico como el resultado de la competición de dos sistemas conceptuales que expresaban dos ambiciones de dominación que acabaron siendo totalmente incompatibles. El poder, bien se sabe, es difícil repartirlo cuando se ambiciona tenerlo del todo.

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