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REP, vol. V, pp. 306-307.
Javier Tusell.- Franco, España y la II Guerra Mundial. Entre el Eje y la Neutralidad. Madrid. Ed. Temas de Hoy, 1995. 709 pp.
Un libro fundamental ha sido publicado recientemente sobre la II Guerra Mundial y la participación española en ella. La personalidad de Javier Tusell, catedrático de Historia Contemporánea de la UNED y su considerable cantidad de libros y artículos sobre el franquismo en general y sobre la participación española en la Guerra Mundial en particular, hacían especialmente deseable una monografía dedicada exclusivamente a este tema. La utilización extensiva de archivos públicos y sobre todo de algunos privados (en especial, haber podido consultar el diario privado del Conde de Jordana, Ministro de Exteriores en la parte más dificil para elaborar una política exterior en el conflicto, de septiembre de 1942 a agosto de 1944), hacen de la obra un manual obligado de referencia sobre este tema.
Manual obligado, pero no el definitivo, porque Tusell deja algunas lagunas. Sobre todo se echa en falta un reposo de la obra, quizás imposibilitado por las premuras editoriales ante la celebración del 50 aniversario del fin de la guerra; pocas novedades y la reafirmación de objetivos ya dibujaos anteriormente (como lo difícil que es borrar la imagen del Franco neutralista, a pesar de los documentos y testimonios que contradicen la leyenda) indican los limitados esfuerzos que el propio Tusell ha hecho por superarse a si mismo en el libro. Franco, España y la II Guerra Mundial es principalmente una recopilación de anteriores trabajos y los principales descubrimentos son la posibilidad de que España hubiera reconocido el gobierno de la República Social de Saló de Mussolini en 1943 o el conocimiento por parte de Franco de la ayuda a submarinos alemames durante el comienzo del conflicto.
En referencia a la Guerra del Pacífico, las referencias de Tusell son más bien pocas y además inconexas. El hecho de que no haya visitado los archivos estadounidenses (excepto la Biblioteca de Roosevelt) explica esta carencia, pero no lo justifica, puesto que una guerra no se puede escribir sin referirse a la otra y viceversa. Tusell no analiza suficientemente el significado del tercer miembro del Eje y del pacto Tripartito como posible fuerza de disuasión frente a la cada vez mayor implicación de Estados Unidos en el conflicto. El ataque a Pearl Harbor tampoco está suficentemente analizado; tras señalar que no cambió para nada la posición española, a las pocas páginas habla de una fuerte tensión entre falangistas y conservadores en España hacia diciembre de 1941, en la que cualquier hecho, siquiera lejanísimo, hervía los animos; se refiere al ejemplo de un capitan aleman destituido en la Campaña de Rusia, pero las victorias japonesas debieron tener también una fuerte importancia, principalmente en favor de los falangistas. Además, la Conferencia de Río de Janeiro (enero-febrero de 1942) alineó a España de la gran mayoría de las repúblicas latinoamericanas, en cuanto éstas se unieron al esfuerzo de guerra estadounidense contra el Eje y, por tanto, de alguna manera contra España. Incluso los adalides latinoamericanos de la neutralidad, Chile y Argentina, estuvieron siempre más vinculados a Estados Unidos, de forma legal. Y una de las causas principales de este arroparse bajo el manto estadounidense fue el ataque a Pearl Harbor, considerado en ese continente como una provocación a todas las naciones, pero alabado desde España.
La entrada de Japón en la guerra provocó la participación indirecta española en la Guerra del Pacífico en dos aspectos tampoco suficientemente tratados por Tusell, la representación de los intereses por España y el espionaje. La primera tuvo su importancia, porque representantes españoles quedaron a cargo de proteger a los subditos del Eje, principalmente a los japoneses y sus propiedades en la mayor parte del continente americano, en unos momentos en que se desató el odio racial y en que saqueos de propiedades fueron moneda corriente (a muchos de ellos, sobre todo en Estados Unidos) se les recluyó en campos de internamiento. No hay una palabra de Tusell sobre este papel y sobre la impopularidad que le creó asumirlo. Sobre el espionaje, solo hay una pequeña mención (basada en un artículo escrito a vuelapluma) a la Red de espionaje Tô (Oeste, no Puerta), compuesta por españoles, que trabajó en Estados Unidos y en otros países del continente americano.
La relación con Japón fue un test para el acercamiento a los aliados y, aunque no tuvo importancia en sí, provocó algunos hechos importantes. Uno de ellos fue el Incidente Laurel (octubre-noviembre de 1943), provocado a raíz de un telegrama de salutación del Ministro de Exteriores Jordana al presidente del gobierno filipino instalado por los japoneses, José Laurel, que llevó al momento más crítico en las relaciones con los Estados Unidos, a partir del cual se abrieron las negociaciones hispano-norteamericanas para el fin de la venta del wolframio a Alemania. Otro, fue la ruptura de relaciones con el Imperio Japonés, en abril de 1945, con el objetivo de situarse técnicamente en el lado aliado y poder ser invitado a la Conferencia de San Francisco, origen de la ONU. Tanto en el primer punto como en el segundo hay errores importantes. En el primer caso afirma Tusell que Jordana buscaba una paz en Oriente (en China mas que en Filipinas) en la que España pudiera desempeñar un papel importante, cuando las posibilidades de Madrid en esa región eran claramente nulas y las relaciones con Japón un engorro cada vez mayor. Refiriéndose al motivo de la ruptura de relaciones de 1945, Tusell señala la destrucción de todas las propiedades del Estado español en Manila y la muerte de más de cincuenta funcionarios españoles. Las tropas japonesas, no obstante, no destruyeron todos los edificios propiedad del Estado español porque, en todo caso, ese consulado era lo único poseido entonces por el Estado español (en alquiler) en Filipinas y tampoco se asesinaron un total de 50 funcionarios españoles, porque España no tenía mas que un consul destinado allí y en esa masacre en concreto casi todos los que murieron eran filipinos. El joven falangista guardian del Consulado y otra familia que se había refugiado allí fueron los "únicos" españoles muertos, mientras que el Consul y su familia sobrevivieron. Una obra buena, pero mejorable en la parte asiática. [p. 307]