Stephen Vlastos (ed.), Mirror of Modernity: Invented Traditions of Modern
Japan. Berkeley y Londres: University of California
Press, 1998. xvii + 328 pp.
En Revista Española del Pacífico, Años
XII-XIII, N. 15, pp. 150-151.
El libro editado
por Stephen Vlastos es una colección de ensayos escritos siguiendo la estela de
uno de los historiadores más lúcidos del siglo: Eric Hobsbawm, quien en 1983
co-editó el libro The Invention of
Tradition (Cambridge: 1983). Este profesor británico afirmó que la
tradición, más que la suma de las prácticas pasadas reales que han perdurado hasta
el presente, es como “tradition is as modern trope”, una representación
prescriptiva (o normativa)[legal, sancionado por la costumbre) (modo de
adquirir la propiedad de una cosa por haberla poseído durante el tiempo fijado
por las leyes) de instituciones e ideas socialmente prescriptivas que se
piensan han ido pasándose de generación en generación. La propuesta de Hobsbawm,
como las de Edward Said
con el “Orientalismo” o de Benedict
Anderson con las “Comunidades [152] Imaginarias” ha sugerido
también a los especialistas en Japón la búsqueda de paralelismos con los
descubrimientos del libro editado por Hobsbawm, relativo a la historia del
Reino Unido. Con este bagaje, un total de 18 autores han desentrañado la maraña
de errores que rodean varias presuntas tradiciones japonesas, en aspectos como
el legal, la vida en el campo, el folklore, los deportes, las relaciones entre
género o la propia historia, que supuestamente han sido mantenidas a lo largo
de los años.
Desde
que Eric Hobsbawm y Terence O. Ranger editaron en 1983 un volumen sobre la
Invención de la Tradición en el Reino Unido, un buen número de historiadores de
todo el mundo han seguido la línea de identificar esas tradiciones que, al
contrario que las costumbres o los mitos, claman representar una cualidad
invariable del pasado. Como figuras ubicuas en las sociedades modernas, las
tradiciones inventadas han sido creadas en función de unos objetivos y como
respuesta a unas ambiciones, tanto para buscar unos resultados como para
reconfortarse con el entorno y con la historia. Porque
la tradición, marco temporal previo a la modernidad y fuente de reproducción de
moldes culturales, también es, según el editor Vlastos, especialista en el Japón
rural durante la época
Tokugawa, “lo que requiere la modernidad para prevenir que la
sociedad se desbande” [2]
Definidas
como motor y como volante, las tradiciones inventadas en Japón también han sido
una dinámica importante a lo largo de su historia contemporánea. Nos ayudan a
comprender especialmente este país porque, al contrario de otros pueblos
colonizados, como la India, donde han sido definidas por los colonizadores
británicos, las elites japonesas son las que han definido su propia modernidad
y, con ello, han podido escoger la tradición que se adaptara mejor a sus
necesidades. Por esta cualidad especial de que el Japón moderno ha sido
configurado por sus propias elites (expresada conscientemente por Kenneth Pyle
en el titulo de su libro The Making of
Modern Japan, Seattle: University of Washington, 1996), el libro editado
por Stephen Vlastos, con contribuciones de una buena parte de la flor y nata de
especialistas en Japón, es una aportación clave para poder entender este país.
Según señalan varios autores, las instituciones prevalecientes en Japón no son
producto de una cultura inmemorial, sino de elecciones políticas específicas
hechas en la atmósfera del Japón de fines del siglo XIX y de principios de
siglo XX, con un contexto de depresión y de guerra clave para poder
entenderlas.
El
libro, de esta forma, esta dividido en varios apartados que ilustran diferentes
aspectos de esta búsqueda de modernidad por medio de la tradición. Empieza
con tres artículos en el capítulo “Armonía,” (wa) sobre su función en la
justicia (Frank Upham), en el trabajo (Andrew Gordon), y sobre las referencias históricas a
este concepto (Itô Kimio), que vienen a señalar que el famoso rechazo de los
japoneses a los litigios, por ejemplo, son simplemente producto de unas
necesidades de inventar nuevas tradiciones para, como señala Ito Kimio, estabilizarse la propia modernidad[38].
La parte de la “Aldea”
está compuesta por cuatro artículos sobre las diferentes ideas de comunidad
(Irwin Scheiner), sobre el concepto de agrarismo
en el período de entreguerras (Stephen [153] Vlastos), sobre los intentos de
evocar el pueblo de cada uno o furusato con intereses políticos (Jennifer
Robertson) y uno especialmente ilustrativo sobre cómo fueron alentados los
campesinos a emigrar a las tierras inhóspitas de Manchuria creando la ilusión
de una tradición migratoria inexistente, a cargo de Louise Young, autor del
comentado libro “Japan’s Total Empire. Manchuria and the Culture of Wartime Imperialism (Berkeley
& London: University of California Press, 1998). La crisis de 1929 afectó tremendamente a los
recursos rurales, que disminuyeron de forma drástica por caer las exportaciones
de seda, y tras ello ganó fuerza la idea de ajustar la población con los
recursos, por lo que el estado empezó a financia la emigración y a apoyar la
salida masiva de los habitantes “sobrantes” como forma de rehabilitar el campo.
Así, los burócratas estatales nipones apoyaron estos movimientos masivos de
población de varias formas, estableciendo “ratios de población ideal”, apoyando
organizaciones dedicadas a la emigración y, sobre todo, creando una ilusión
para fomentar la imagen de Manchuria como la tierra de la oportunidad de los
campesinos pobres pero ambiciosos. Hablando a los campesinos de autogobierno,
buscando pueblos utópicos que cumplían las cuotas para el envío de emigrantes (Ohinata)
y elevando a algunos emigrantes a la categoría de héroes, se construyó y se
popularizó una tradición, la del asentamiento en Manchuria, que concordaba con
los intereses del gobierno y que, además, fue enfatizada cuando a partir de
1939 el entusiasmo inicial estaba ya en declive.
Sobre lo “popular” escriben dos
autores (Hashimoto Mitsuru y Harold D. Harootunian) alrededor del etnólogo
pionero japonés, Yanagita Kunio, dedicado a re-presentar la imagen de un orden
comunal perenne y fundamental que marcaría tanto su espacio como su vida
diaria El Sumo (Lee A. Thompson) y el
Judo (Inoue Shun) son los “deportes”
tratados en el capítulo cuarto, en los que también se puede comprobar que la
antigüedad que se pretende mostrar no es tal. El ambiente que rodea a la lucha de los dos luchadores
rikishi, desde el ruedo señalado por una cuerda (que no puede traspasar una
mujer, siquiera cuando una ministra de Cultura ha tenido que entregar los
premios), el tejado de estilo rural japonés que se coloca encima (que se
construyó también cuando hubo una pequeña competición en Madrid en 1994), la
ceremonia o incluso los vestidos de la época Edo que llevan tanto el árbitro como los
luchadores, es parafernalia creada artificialmente. En la presión por acoplarse
y sobrevivir a una sociedad cambiante, los dirigentes de la Asociación de Sumo,
entre otros desafíos, han tenido que adaptarse a la aparición de la prensa y la
radio, que han obligado a evitar que los partidos quedaran empatados
(anteriormente, casi un tercio del total) o a limitar el máximo de tiempo para
el shikiri o período de amagos previo al choque, pero sobre todo han intentado
darle un status traicional y precisamente el año en que se clamó que era un
“deporte nacional” fue cuando comenzó la obligación de los árbitros de llevar
el elaborado traje suô y el sombrero eboshi, y de los luchadores el abrigo
haori y el traje hakama, los vestidos formales de la época Edo.
Los dos últimos
capítulos tratan sobre “género” y sobre la “historia”. El primero [154] incluye
dos artículos sobre la tradición de masculinidad por medio de la evolución de
la domesticidad para crear espacios a una familia nuclear cada vez más
predominante frente a la tradicional (Jordan Sand) y por medio del estudio de
las camareras de los cafés (Miriam Silvenberg) y sus relaciones con una
clientela diferente de la que acudía a los “barrios flotantes” (Ukiyo) de la época Edo. La parte
histórica incluye cuatro trabajos que van desde la invención de una región
tradicional para consumo turístico (Kären Wigen), sobre el análisis del
capitalismo japonés a cargo de la facción Koza-ha, (Andrew Barshay). El
marxismo (por ejemplo, Maruyama Masao) estuvo analizando el capitalismo japonés
y sus élites como la parte ilustrada de la moneda de una persistente mentalidad
campesina “premoderna”; pero al tildarlo como “semi-feudal”, acabó fortaleciendo la explicación del
“capitalismo no-capitalista” japonés inventada por las élites. Dos grandes
maestros cierran la parte histórica con reflexiones que es necesario leer muy
detenidamente para no perder el hilo del argumento. Carol Gluck se refiere al
“Edo como tradicion”, que permaneció
como el “objeto deseado de la memoria moderna” y en un “espacio cultural
repositorio de las tradiciones asociadas con la particularidad japonesa, para
los positivo y lo negativo”[262], mientras que el profesor de la Universidad de
Chicago, Dipesh Chakrabarty, hace una recapitulación de las aportaciones de los
artículos, entre las que invita a preguntarse por palabras como “ansiedad”,
“shock” o “temor”, lo que le recuerda que “ninguna “invención de la tradición”
es efectiva sin una simultánea invocación de afecto, de sentimientos, de
emociones y de otras prácticas personificadas” [294]
Un libro denso, arduo de leer, de traducir y de comprender pero a pesar
de ello esencial para comprender no sólo el Japón de principios de este siglo
sino también del actual, porque las tradiciones inventadas que analiza el libro
permanecen en buena medida. Durante mucho tiempo, pero sobre todo en los
comienzos del siglo XX, la dialéctica modernidad/occidentalización/ retraso
frente a niponización determinó buena parte de las conductas y, con ello, de la
percepción del entorno propio entre los japoneses. Pero si bien los términos
pueden haber cambiado (modernidad ya nose identifica con occidentalización) la
necesidad de cambio y de inventar tradiciones permanece. Se verá en qué
dirección.