El corsé del
samurai
Cada nueva película de samuráis es una
nueva ocasión para el debate entre realidad y ficción, entre ambiciones futuras
y sueños pasados. También, sobre cómo se reflejan de forma distinta esa
necesidad de encontrar mundos irreales según sean en escenarios conocidos o
imaginarios. Por ello, resulta
inevitable comparar las últimas películas con este tema.
El ocaso del samurái
(Tasogare Seibei, 2002) es
la última película aparecida en las pantallas españolas sobre este tema. Fue
precedida por Zatoichi (2003), la película
interpretada por Takeshi Kitano
siguiendo la estela de una de las series televisivas más famosas, de un samurai
ciego y pendenciero convertido en un clásico, como ocurre con otro personaje
también a la espera de próximo estreno, Tange Sazen (2004), manco y tuerto pero también conservando
una destreza suficiente para seguir derrotando a sus contrincantes. Frente a
ellos, las películas producidas en Occidente han ofrecido perfiles muy
diferentes. Kill Bill
(2004) ha sido el último escenario, en donde también ha aparecido un
personaje favorito de las películas y series de televisión, Hattori
Hanzô,
siquiera en un papel marginal. Incluye escenas memorables, como la lucha
en el jardín japonés nevado, pero la película es una confusión continua entre
elementos japoneses y chinos. El último samurái (2003)
es el ejemplo más significativo y también refleja una mezcolanza
irreconciliable entre la base histórica y el resultado final. Estas cuatro
películas estrenadas recientemente son reflejo de unos directores reflejándose
en esos personajes históricos, como ocurre con ese Zatoichi
tan akitanizado o esas escenas tan propias de
los filmes de Tarantino, hechos a su imagen y
semejanza, pero también de un público dispuesto a reflejarse en los valores que
supuestamente ostentaban los samuráis. Yoji Yamada refleja un samurai de bajo rango más propicio a
disfrutar de sus hijas y del amor que de los duelos, replicando de alguna
manera el personaje preferido de sus películas, Tora-San,
ese vagabundo del Japón del desarrollo más preocupado en sus decenas de
películas por ayudar a la gente que por beneficiarse de ese progreso que estaba
echando a perder el Japón tradicional. La película de Edward
Zwick también reelaboró a Takamori
Saigō y la revuelta de Satsuma
de 1876-77. La llamada de Saigō a ralentizar
No había consejeros de Estados Unidos
en el ejército japonés. Pero para conseguir la identificación del público, el
protagonista tiene un puesto ocupado, en realidad, por franceses o alemanes.
Los americanos ayudaron como expertos en el esfuerzo modernizador nipón, pero
fueron invitados, sobre todo, a ayudar en la colonización de la isla norteña de
Hokkaidō, hasta entonces un territorio virgen
apenas ocupado por unas decenas de miles de ainu,
pensando en su experiencia en el Oeste.
Tampoco eran ninjas
los autores del atentado a Katsumoto, el personaje
que representa a Saigō. Pero el público agradece
que vayan desfilando el mayor número de iconos y las artes marciales son
recurrentes, como los harakiri.
Toshimichi Ōkubo,
transmutado en el Omura peliculero, no era el miembro
del gobierno corrupto, desalmado y derrochador que representa la película. Ōkubo saldó con creces sus cuentas en un atentado
cruel, sacado a rastras de su carruaje tras mutilar las piernas de los
caballos, y rematado con saña. Cuenta Donald Keene en su Emperor of Japan: Meiji
and his World, 1852-1912 (Nueva
York, Columbia University Press, 2002) que el
golpe de gracia en la garganta lo dieron con tanta fuerza que la espada penetró
en
Las necesidades del guión, de la
trama, de señalar perversos, de lograr la empatía del público o el escaso
atractivo de los burócratas como héroes peliculeros cambiaron El último
samurai, como en cualquier tira y afloja entre ficción y realidad, entre
medio y mensaje, o entre autor y espectador. Ocurre siempre, tanto en el cine
como en las novelas, en la poesía o en
la misma historia, e incluso cuando el emisor y el receptor de los mensajes son
la misma persona. Así les acaeció a los samuráis, que ni eran tan temerarios ni
su lealtad era tan ciega, tal como ya notaran los primeros misioneros
cristianos sino, antes bien, mercenarios dependientes del monto de las ofertas,
preocupados por sus propias tierras, retirándose cuando el combate iba mal y no
tan duchos en artes marciales, luchando más bien con lanza para no magullar las
costosas espadas, caso de tenerlas. El mito de los samuráis, de hecho, lo
crearon ellos mismos en el siglo XVII cuando, con una vida más aburrida
trabajando como burócratas de señores feudales en un país pacificado,
necesitaban regodearse en glorias pasadas para sobrellevar mejor su creciente
marginación y sus ingresos en declive. Y esa reinvención samurai entró en una
nueva etapa hace justo un siglo, en el momento de rearmar ideológicamente al
Japón imperial, tras haber vencido a la China y cuando estaba dispuesto a
enfrentarse con Rusia. En esos años fueron publicados algunos de los
principales libros para definir la unicidad de Japón, como El libro
del Té, de Okakura Kakuzô,
o el de Nitobe Inazo, Bushido.
El alma de Japón pero los luchadores hereditarios ya no eran sino leyenda:
apenas quedaban unos pocos abuelos que pudieran recordar haber llevado las dos
espadas.
Invención
de la tradición, otro recurso más para representar a Japón a gusto del receptor
del mensaje; pero los contrastes
paradójicos han sido peores. El director de la película, Edward
Zwick aceptó cambiar las prácticas de kárate, que
entonces sólo se practicaba en Okinawa, por las de jūjutsu,
pero no pudo rehusar el corsé de la
tradición y la modernidad para interpretar a Japón: “Sé muy bien que los
rebeldes hicieron suyas las armas modernas”, le dijo Zwick,
a Mark Schilling, su asesor
histórico, al señalar lo que era clave en el relato. Esa misma dualidad utilizó
Ruth Benedict en su El crisantemo y la espada
(reeditado por Alianza en 2003, tras tantos años agotado), expresando con ese
título su idea básica: que los nipones conjugan al mismo tiempo y “en grado
sumo” el amor por la violencia y por
Además de esas obviedades
de las tradiciones y las modernidades, Japón ofrece, en palabras de
Japón se renovó y se sigue renovando,
pero su imagen permanece y sólo cambia la cara que se observa. Al son de
nuestros propios prejuicios y de nuestra reacción, se prefería observar hace
unos años al soldado-empresario que estaba conquistando el mundo por medios
pacíficos y que amenazaba la hegemonía estadounidense. Ahora, tras más de una
década sumergido en un marasmo económico, se busca el
samurai-esteta. Es el contrapunto al japonés traicionero que reflejara Pearl Harbor o,
antes, Blade Runner.
Quien sabe si el futuro deparará primero una película de la faceta negativa
(¿sobre la masacre de Nanjing?) o sobre la positiva
(¿la bomba atómica?) pero, a buen seguro, será reflejo de ese espejo que nos
empeñamos en seguir utilizando. Será porque la visión de Japón nos ayuda, sobre
todo, a conocernos a nosotros mismos.
El último samurai, dir. Edgard Zwick,
2003. En Revista Española del Pacífico
2004, N. 17: 197-199
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